INFRAESTRUCTURA
24 de abril de 2026
En mis viajes e intercambios con colegas políticos y empresariales he constatado que la integración regional es la clave para el futuro de mercados como Centroamérica y Paraguay. Con economías pequeñas y mercados internos limitados, tenemos más fuerza cuando cooperamos. Como dijo el presidente de Panamá: *“Sin duda, la integración es el futuro. No nos podemos quedar cada quien dueño de su capilla, porque (así) no vamos a crecer”*. Esta frase refleja mi convicción de que unir esfuerzos –rompiendo barreras arancelarias, compartiendo infraestructura y políticas– genera oportunidades para todos.
Centroamérica ya cuenta con instancias como el SICA y la Unión Aduanera para facilitar comercio interno y con acuerdos como CAFTA-DR con EE.UU. Pero falta avanzar más allá de bienes básicos. Pienso en integrar energías renovables (redes eléctricas regionales), mejorar corredores logísticos (carreteras y puertos conectados) y estandarizar trámites bancarios (infraestructura financiera común). Por ejemplo, Panamá se ofrece como centro logístico global (con su Canal y aeropuertos) para abrir mercados sudamericanos al Caribe y Centroamérica. En paralelo, Paraguay busca aprovechar esa plataforma panameña para exportar sus productos agrícolas y atraer inversiones extranjeras.
al integrarse a Mercosur y usar la posición estratégica de Panamá, ambos países podrán “acceder a nuevos mercados” y establecer alianzas en sectores como el financiero o farmacéutico. Este tipo de sinergias son ejemplos concretos de integración dinámica: un país aporta infraestructura y otro producción, ¡todos ganan! Además, la cadena de valor se expande: un sistema de pago electrónico regional o acuerdos de inversión protegen a los empresarios de ambos lados.
La CEPAL resume bien el potencial: una región unida puede alcanzar un desarrollo *“vigoroso, estable, democrático, incluyente y sostenible”*. Eso significa crecimiento con estabilidad social. Personalmente, invito a empresarios jóvenes a pensar en grande: un sistema educativo común o proyectos ambientales compartidos (como parques transfronterizos) son posibilidades tangibles. En la práctica, he participado en foros donde sectores de varios países presentan proyectos integrados –como un corredor bioceánico de transporte o mercados de energía renovable– entendiendo que solo así atraemos grandes inversores.
Al final del día, la integración es una apuesta colectiva. Requiere visión política y planificación financiera, y ahí mi rol es aconsejar sobre cómo estructurar proyectos binacionales o regionales (por ejemplo, fideicomisos compartidos). Cada avance –una ruta mejorada, un convenio de inversión– agrega valor a la región. Como siempre digo, solo conectándonos “más allá de las fronteras” lograremos crecimiento sólido; sólo unidos dejaremos de ser «dueños de una capilla» separados.
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